Hasta hace muy poco tiempo, la imagen de nuestra marca se podía definir en gran medida por las campañas de publicidad, cualquier aspecto del servicio o del
producto que no fuera muy acorde con lo prometido, se diluía. El cliente que deseaba hacer una queja veía limitada su capacidad de acción a las hojas
de reclamaciones, solamente útiles cuando se contraviene una ley (y a veces ni eso), las hojas de reclamaciones internas de las empresas (cuando se
disponía de ellas, y en la mayoría de las ocasiones más ineficaces aun que las hojas de reclamaciones), y a la amarga queja a su círculo de amistades.
Aun así siempre se ha comentado que un cliente insatisfecho se lo comentaba al menos a otras 11 personas. Siempre me he preguntado quien estuvo contando
esto y haciendo la media, pero sea el número que sea, la realidad es que un cliente insatisfecho va a estar más que dispuesto a contarle lo malos que son
en el establecimiento “x” a cualquiera que quiera escucharle, y aprovechará cualquier oportunidad para comentarlo. Pero incluso así, la repercusión que
tenían determinadas actuaciones era escasa, y se circunscribía a la compra repetitiva de los clientes que habían tenido esta mala experiencia y los pocos
que podían influenciar: en general pocas personas entre el total de clientes.
Este aspecto ha sido más que aprovechado por algunas empresas para realizar actuaciones más que dudosas, en ocasiones por desidia, pero en otras por tener
mentalidad de trileros de mercadillo, con la seguridad de que, en realidad, muy pocas personas en general van a ser conscientes de su forma real de actuar:
vamos, los profesionales de la venta de la burra.
La estrategia es simple, unas campañas impactantes de publicidad, promoción y/o relaciones públicas, seguidas de muchos comunicados diciendo lo bien que se
hace, mientras en la realidad del día a día se actúa de forma contraria a lo que se predica. En esta manera de actuar la comunicación, es el elemento
principal, ya que es lo que se va a fijar en la mente del cliente; lo que luego "se haga" en la realidad es secundario. Y esto no sólo en el sector de
restauración, sino en todos los sectores, algunos de ellos, como el sector de la telefonía, verdaderos especialistas en el arte del toreo y la burla de
sus clientes. Han proliferado las obsolescencias planificadas, los servicios postventa, de "atención de reclamaciones" o "atención al cliente" que
prácticamente son un insulto a los mismos. Cuanto más largo es el plazo entre una compra y la siguiente, mas posibilidades hay que nos llevemos una
estupenda y peluda burra.
En restauración, aunque se depende de una compra repetitiva, también ha sido un aspecto ampliamente utilizado. En ocasiones por desentenderse
del servicio que se daba al cliente, el famoso "todo vale", y en otras por ofrecer calidades de producto ínfimas, por reducir costes, aumentar beneficios
o simplemente amortizar inversiones inadecuadas. Pero también y en muchas ocasiones a nivel del propio negocio, como por ejemplo en los traspasos, la
venta de cadenas o en franquicia, en las que, en alguna ocasión, la venta de la burra ha llegado al nivel de ser casi un arte.