Todos conocemos cierta cantidad de establecimientos que "funcionan" sin una estructura mínima de gestión en el día a día.
Básicamente trabajan con dos únicos datos: la venta y el beneficio.
El primero obtenido de los cierres de caja o el sistema informático, y el segundo obtenido principalmente de los datos contables que
mandan la asesorías, tiempo después de haber terminado el periodo.
Estos dos datos, venta y beneficio, son indudablemente los dos más importantes, y a poco positivo que sea el resultado de la cuenta
de explotación, la sensación en cuanto a la marcha del establecimiento será que todo va bien: se tienen beneficios y no hay datos negativos,
ya que, en los pocos que se recogen no hay baremos comparativos. Así, la marcha del establecimiento o empresa va reduciéndose con el
tiempo a una dicotomía:
- Gano dinero => todo está bien
- Pierdo dinero => algo debe estar mal.
En este análisis del todo o nada no hay grises, es difícil ver si, por ejemplo, el beneficio pudiera ser el triple. El desconocimiento de los hechos,
una desviación de cuatro puntos en coste de producto, por ejemplo, no nos ahorra el dinero evidentemente, pero al menos proporciona una sosegada calma.
Mientras la cuenta de explotación sea positiva se vivirá en medio de esta plácida calma primaveral, sólo alterada eventualmente por imprevistos que
puedan aparecer: con el personal, legales, etc. La visión, que se suele tener en esta fase, es de incomprensión hacia las empresas que "se complican
la vida y el negocio, cuando todo es muy sencillo".
Desde luego, sin datos no hay información, sin información no hay análisis y sin análisis es difícil descubrir áreas de mejora.
En este "modo de gestión", las impresiones personales sustituyen a los datos y las interpretaciones de las mismas al
análisis. A su vez, ambas, impresiones e interpretaciones, se suelen reforzar mútuamente. Este pensamiento circular junto con
la calma en que se vive, tienden a perpetuar el modelo, al menos mientras los resultados sean mínimamente positivos.